...:::5 Preposiciones:::...

        

                                                                                           susana solari

 

A es la partícula encargada de la loa y la recriminación, de la intención sin garantía de respuesta. Uno se dirige a..., le llama a..., le dedica a..., le escribe a... Es una preposición de adolescencia, impotente más que pasiva. En esa especie de adolescencia de la poesía que fue el siglo XIX, las tres cuartas partes de poemas, loas y exhortaciones empiezan con esta letra desnuda, con la más breve palabra de la lengua. A mi madre, A ella, A Consuelo, A los días idos...

 

A la ciudad se apela *(la ciudad es aquí una pared), se le dice, se le comunica algo -que queda siempre en la línea de espera. Sucede que la ciudad ejerce el mutismo, es en sí misma la materialización del carácter impenetrable, de la incapacidad de respuesta, la ausencia de comunión.

 

Un muchacho camina por 5 de mayo. Ve al fondo, hacia el Zócalo, un pedazo de la catedral, la parte alta. Es un muchacho de prepa, de tenis, de desayuno cuchareado, y ya ha perdido el sosiego. Hay un hilo de araña tendido entre sus ojos y el fragmento de cúpula visible. Camina recto, como única opción: llega al café La Blanca, se sienta junto a la ventana, mira con el primer asombro, con la certeza de que el latigazo que lo recorre es un acontecimiento sideral. Saca un cuaderno y escribe un poema que un día de estos será malísimo: “A la ciudad”.

 

 

 

 

Ante es quien coloca al sujeto, quien lo sitúa. Es la palabra que determina la posición del yo (pequeño), y de lo otro (generalmente inabarcable por inmensidad, miedo o desprecio). Es palabra responsable de las jerarquías. Quien está ante algo, generalmente está parado, quieto y mirando; ante lo que no entiende, ante la situación, ante lo que no puede resolver, ante la responsabilidad histórica, ante la duda, ante la gran oportunidad.

 

Ante la ciudad se está, nomás *(la ciudad es aquí un escaparate), como quien se baja de un autobús foráneo y mira hacia arriba, alrededor. Ante la ciudad no hay mucho que hacer. Ante revela la imposibilidad de desglosar, de deshebrar el cúmulo “ciudad” en hebras propias, en lo que va uno desprendiendo para tejerse: ciudad hecha de un nombre propio, de una o dos esquinas, de la sensación de un recorrido, de uno o dos olores entrañables. Ante sólo aparece cuando lo otro nos ajena, nos excluye.

 

Suena el despertador y ella se levanta. A veces pone música, se hace un café, riega las plantas, habla con sus muñecos. Hoy no. Parece que ha soñado; algo que no recuerda, pero que tal vez tenía ratas, fracaso. Se deja determinar por las cosas de la casa, previsoras: el reloj la levanta, el cepillo le limpia los dientes, el rímel le ofrece una cara para salir, la bolsa y las llaves, el celular y el fólder la empujan a la puerta. Un suéter se le monta en los hombros. Las cosas de afuera han definido sus contornos, están nítidas y duras, brillan como ajenas. Ante un cartel del parabús, trata de recordar cuándo durmió con un hombre por última vez. El pesero viene, el pensamiento se diluye ante lo inmediato.

 

 

 

Bajo es claro. Pariente del sometimiento, sí, pero también del gozoso acuerdo, del reconocimiento del poderío de lo otro. Bajo es dual: se puede estar bajo la autoridad del jefe, pero también bajo el efecto de la mariguana; bajo presión, bajo la mesa, bajo supervisión médica, bajo protesta, bajo el influjo de un hechizo.

 

Bajo la ciudad ocurren cosas *(la ciudad es aquí un conjunto de acciones). Ocurren las cosas. Bajo el saludo amistoso de la vecina ocurre su auténtica mirada; bajo el asfalto, dicen, corren túneles de aguas negras capaces de arrastrar coches enteros; bajo la acción de estirar la mano y recibir un tamal de verde en la mañana, se recrea el acto mil veces repetido, el dibujo invisible que modela día con día la voluntad divina.

 

Un lugar común: el metro. Entrar en Guerrero, salir en Balderas, entrar en Cuauhtémoc, salir en Etiopía. Bajo la ciudad está la lógica del subterráneo, hecha de paisajes casi idénticos, de vías únicas. Donde se esté, se está bajo el sistema de transporte colectivo Metro. Indiferencia total a las presencias de arriba, el metro determina. La sorpresa de salir y ver llover, de salir y notar un edificio, inesperado como un relámpago, su luz, es una sorpresa parecida a despertar y, por un segundo, no reconocer el cuarto donde estás (“soñar que despiertas en un barco hundido”). Por túneles, escaleras y pasillos circulan los dormidos. Bajo la ciudad funcionan los sistemas del sueño.

 

 

 

 

Con, encargada de juntarnos: entre nosotros, al mundo, a las cosas. Antes del con estábamos solos, perdidos como peonzas que se miran la panza sin dejar de girar. A veces rozábamos sin querer a otro giratorio; y entonces, sin saber qué hacer, nos desordenábamos a los trompicones, nos zarandeábamos de acá para allá, presas de la fuerza de gravedad y de la sorpresa de la existencia del otro. Y el con llegó y nos juntó. Con la alegría de pertenecer al lugar común; con el peligro de desaparecer en las fauces de los demás; con los festejos de la luz y del paisaje, con la rudeza del suelo cuando avanza hacia el rostro.

 

La ciudad *(la ciudad es aquí una olla de sopa hirviendo) está nominalmente formulada para el con. Se supone, la ciudad, el gran recipiente, el contenedor ideal para los encuentros. Febrilmente se trabaja en reproducir el encuentro entre las personas. Las ciudades son los sitios de la cita, de la llamada para ponerse de acuerdo, del verse para comer, del café, del cine, del fin de semana, de las chelas. Incluso de las derivas. Los vagabundeos en la ciudad, donde el premio se da siempre al mejor cazador, al más hábil de los buscadores, al que encuentra, captura, despelleja y no pierde el sentido, la maravilla. En la ciudad se está con, es cierto; pero sólo en las grietas. Nada sucede en las islas de recreo, nada en los andadores del encuentro. Abajo, en las últimas butacas, atrás de un mojoncito o de camino entre una rutina y otra, acecha el con. Ahí se puede estar con algún otro. Pero es una labor de guerrillas.

 

Llegué esa noche al Jacal. Era la última mano, y había perdido todo. Estaba demasiado arreglada para el sitio: acababa de terminar el festejo del último día del año en la oficina, y había sido un festejo largo. Yo había comenzado desde las nueve de la mañana a preparar las tres docenas de empanadas que me tocaron. A esa hora destapé la primera botella, y no había parado de beber en todo el día. Recordaba incluso que había pasado fugazmente por un sitio que me enfermó de luces de neón, y que había huido de ahí en taxi. Tenía algo de dinero y no era tan tarde. No tenía dónde dormir esa noche. Había agotado todas mis llaves en los cuarenta días que hacía desde que me fui de la casa. En la mano un maletín hinchado y grotesco: papeles importantes, y lo indispensable para vivir. Me senté, pedí la primera cerveza y comencé, con toda el alma, a invocar el con.

 

 

 

Sin, marca la carencia. Presupone un “con” para contraponer el sonriente “sin”, de mucho diente pelado. Motivo de burla, de lástima, de caridad y desprecio, el sin acecha. Sin marca la incompletud, revela la lepra inherente a la existencia / a esta existencia.

 

Sin un brazo. Sin una pierna. Sin ojos, sin riñón. Sin control sobre sus facultades mentales, sobre sus manos, sobre sus palabras, sobre sus esfínteres. Sin zapatos, sin uñas en los pies, sin venda ni curación las llagas de los tobillos *(la ciudad es aquí una muleta). Paradoja: es en la presencia de sus incompletos (de sus homeless y teporochos, niños lisiados y loquitos), que la ciudad se completa. Una ciudad no puede llamarse ciudad sin los que viven una vida sin nada. La pobreza, la enfermedad de la miseria enloquecida, enloquecedora, es inherente a la vida en las ciudades.

 

Duerme sin cobija, sin madre y sin nombre en la puerta del Centro Cultural Telmex. Es jovencito, y un perro duerme con él. Lo estoy mirando dormir: voltea, sin abrir los ojos, y se abraza un costado del cuerpo –que ahora está a la vista- y que revela la falta total, inesperada, del brazo derecho. Revela mucho más, en realidad. Puedo ver la cicatriz, el hueso del hombro salido, absurdo, y unas venitas que recorren la piel fina, nueva, blanca. No hace mucho que sucedió. El muchacho-niño se rodea con su único brazo. Pienso que si yo fuera su madre me sentaría junto a él y lo acariciaría.

 

 

viñetas: lauro micco

 

 

 

 




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