...:::Chtcheglov:neourbanista:::...

 

 

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Un desorden es una negación de un estado de cosas específico, una reconversión que aparece como vía para el reordenamiento. La disonancia y el desconcierto poseen un cierto orden interno natural. A la vez, también, un abandono de los viejos propósitos, que no es sino la incorporación de otros nuevos. Sin embargo, cualquier promotor del caos debe haberse preguntado alguna vez; ¿cómo aplicar esta conciencia de la confusión en sitios concretos, sin a la vez confrontar las rutinas del animal ordenado, consciente de una responsabilidad histórica cada vez más absurda, pero al mismo tiempo cada vez más fiera?

 

El problema se hace aún más denso si se piensa que una cosa así puede ser llevada a cabo en la ciudad. Suponer un nuevo urbanismo que descrea de los fines prácticos, más que osadía, parece locura. Algo que niegue la condición idealmente armónica de las metrópolis para proponer nuevos acordes, parece apuntar directamente a la demencia colectiva. Pero si se le piensa con calma se puede entrever también que en un desorden similar, las imágenes llegarían a la mente de cualquier habitante como ráfagas de fuego cruzado. Atravesar una calle ahí equivaldría al advenimiento de un caudal de sueños que tomarían el lugar de otros completamente distintos, sin que a la vez ninguno de ellos se niegue entre sí. ¿Sería, pues, posible una cosa de tal magnitud? En la década de los cincuenta Ivan Chtcheglov -alias Gilles Ivain-, francés de diecinueve años, lo proponía ya en el breve manifiesto llamado Formulario para un nuevo urbanismo. En él decía: "La arquitectura del mañana será un medio para modificar las condiciones actuales del tiempo y del espacio" para, a través de ella "...experimentar miles de formas de modificar la vida".

 

No sonaba nada mal. Chtcheglov, perteneciente a la Internationale Lettriste precursora de la Internacional Situacionista y que fuera uno de los grupos más influyentes en el posterior mayo francés, hacía hincapié en la construcción de urbes que no estuvieran realizadas en función del poder económico sino que, por el contrario, se rigieran por un simbolismo que retomara los deseos como eje motor. Una especie de reincorporación del tiempo mítico en espacios habitables en los cuales cada uno de los distritos "...corresponderían al espectro completo de los diversos sentimientos que se encuentran al azar en la vida corriente". Ningún movimiento estaría regido ahí sino a través de la experimentación de un ocio muy distinto al producido en la sociedad del aburrimiento sublimado en el espectáculo. Se trataba no ya tan solo del ocio creador, sino de una vagancia regida por el juego elevado a condición de existencia.

 

Para ello Chtcheglov se basaba en una negación primera: las comunidades contemporáneas se construyen alrededor de una banalización compulsiva realizada en la adquisición de basura comercial que tan sólo sume al comprador a una vida anegada en la mediocridad. El pensamiento formulado desde lo inmediato no puede sino generar ideas obtusas que sostienen un estado de cosas en el sedentarismo imaginativo. La lectura del mundo no se hace sino a partir de la obviedad; ensalzamiento del lugar común como punto de encuentro e identidad: "...entre el amor y el basurero automático, la juventud de todo el mundo ha hecho su elección y prefiere el basurero". Chtcheglov recuerda que la hacienda -del latín facienda; cosas por hacer- no sería ya hallada en la vieja ciudad. Había, pues, que construir una nueva en la cual fuera posible hacer de la deriva -técnica creada por los situacionistas consistente en el extravío intencional dentro de la urbe- una formula común para usar el espacio como medio de conocimiento constante.

 

Cada quién sería entonces, en palabras del mismo Chtcheglov, dueño y habitante de su propia catedral. El nuevo urbanismo sería la reorganización de las posibilidades deseantes del ciudadano en espacios específicos en constante transformación: un sinfín de imágenes reconvertidas en edificios simbólicos: "La piscina de la calle de las Nenas...la comisaría de la calle de las Citas...la clínica quirúrgica y la oficina de empleo gratuito del muelle de los Orfebres...las flores artificiales de la calle del Sol...el Hotel de los Sótanos del Castillo, el bar del Océano y el café de Ir y Venir...el Hotel de Época". Todos ellos vehículos para la construcción de situaciones, uno de los postulados básicos que el miembro principal de la posterior Internacional Situacionista, Guy Debord, sostuviera a lo largo de su vida. El mismo Debord, influido por Chtcheglov, poco después desarrollaría su concepto de psicogeografía: "...el estudio de las leyes precisas y de los efectos exactos del medio geográfico, conscientemente organizado o no, en función de su influencia directa sobre el comportamiento afectivo de los individuos."

 

Vivir en este parque de atracciones, en esta especie de Disneylandia surrealista -según palabras de Greil Marcus (Rastos de carmín. Ed. Anagrama)- generaría por necesidad un nuevo tipo de hombre interesado en emociones que habían sido olvidadas. Se trataba del ser consciente de la influencia que tenía su habitar en la construcción psicológica de los espacios; si la alienación era posible, era a causa de que la conformación de las ciudades era muy limitada. Sin embargo sus habitantes podían reconocer la naturaleza de las viejas ciudades, pues de ellas se podían trazar mapas representantes de la estructura de las ideas de una sociedad entera. En Formulario para un nuevo urbanismo, Chtcheglov sentaba las bases para la construcción de una anti-teoría del hábitat que se olvidara de cualquier tipo de funcionalismo y recordara que el ciudadano era algo más que un ser productivo. Muchos de los dardos situacionistas apuntaban justamente a personajes como Le Corbusier y sus ciudades-dormitorio, configurados para facilitar procesos de la maquinaria colectiva.

 

Como toda buena utopía, el texto no abunda mucho más sobre la manera de conseguir que la gente modifique concepciones tan arraigadas como las de utilidad o Estado. Sin embargo, muchas de las ideas de Chtcheglov fundamentaron trabajos posteriores como el del arquitecto y también situacionista N. Constant, quien realizó un proyecto llamado Nueva Babilonia: un territorio móvil en el cual era imposible tener dos experiencias similares o desarrollar rutinas fijas, pues se trataba de una serie de niveles que se reconstruirían día con día  sin que el habitante pudiera reconocer una fisonomía particular en el lugar. En todo caso, si las ideas de Chtcheglov parecen aún irrealizables, ello no se debe tan sólo a que estas nuevas ciudades requerirían para su levantamiento de una infraestructura mucho más costosa que la de nuestras actuales urbes del aburrimiento, sino que además se necesitaría para ello de seres formados en la búsqueda de nuevas realidades como motor de la existencia. Y, eso sí cada día parece más lejano.

 

 

 

 

 




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